Cover La novela Solo en Berlín retrata la heroica y silenciosa resistencia contra el Tercer Reich.

Hans Fallada (1893-1947) escribió “Solo en Berlín” (Jeder stirbt für sich allein), su última novela, en una carrera contra los demonios que lo persiguieron toda su vida: la enfermedad, las adicciones y su profunda obsesión por el Tercer Reich.

El escritor finalmente triunfó. Apenas necesitó 24 días para concebir el libro —una obra que consideraba su indiscutible obra maestra—, aunque no vivió para presenciar su publicación. En febrero de 1947, Fallada falleció a los 53 años por insuficiencia cardíaca, consecuencia de años de adicción al alcohol, la morfina y otros estupefacientes, apenas unas semanas antes de que la novela Solo en Berlín llegara a manos de los lectores.

Solo en Berlín comienza cuando los residentes del número 55 de la calle Jablonski reciben dos noticias diametralmente opuestas por parte de la cartera Eva Kluge. El periódico Völkischer Beobachter anuncia la capitulación de Francia ante Alemania, desatando el júbilo frenético de los vecinos del piso inferior. En la planta superior, en cambio, el capataz Quangel y su esposa reciben con dolor inmenso la noticia de la muerte en combate de su único hijo, aunque recuperan la compostura con una rapidez que a ellos mismos les sorprende. Estas dos personas silenciosas, ahorrativas hasta la avaricia, y que solo deseaban vivir en paz, comprenden de pronto aquello que habían intentado ignorar durante tanto tiempo. Incluso su legítimo duelo por la pérdida de un hijo debe permanecer oculto. No desean ser denunciados por la infinidad de informantes que acechan en su entorno laboral y vecinal. A cambio de su silencio, consiguen prolongar sus días. Solo tras una serie de trágicos sucesos, que culminan con el suicidio de su vecina judía, la señora Rosenthal, el matrimonio Quangel se atreve a plasmar su represión en una tarjeta: “El Führer ha asesinado a mi hijo”. En ese mismo instante asumen que están apostando su vida contra el destino. Están dispuestos a pagar el precio, siempre y cuando cada postal y carta que escriban llegue a manos del pueblo alemán y encienda un movimiento pacifista con la fuerza suficiente para erradicar las atrocidades del Imperio.

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Above Retrato histórico del aclamado autor alemán Hans Fallada en su escritorio.

La audaz iniciativa de estas dos personas de origen humilde, por supuesto, no podía tener un desenlace feliz. Aunque el autor firma esta historia bajo un seudónimo literario inspirado en los cuentos de los hermanos Grimm, lo cierto es que Solo en Berlín se fundamenta en el trágico destino real del matrimonio Hampel. Esta pareja albergaba la convicción de poder persuadir a la sociedad alemana mediante postales que instaban a la desobediencia civil y al rechazo del ejército fascista. Fueron condenados a muerte, dado que la gran mayoría de sus misivas terminaron rápidamente en manos de la Gestapo. El pueblo alemán vivía demasiado aterrorizado para atreverse a leerlas, mientras que los agentes de la policía secreta temían de tal modo a sus superiores que decidieron inventar una inmensa red de conspiración donde solo existía la desesperación de dos almas ingenuas. Tras la guerra, el expediente de este desdichado matrimonio llegó a las manos de un talento literario capaz de transformarlo en una magnífica denuncia contra el régimen nazi. Sin embargo, Fallada logró mucho más que enaltecer el martirio de estos héroes anónimos. Cada personaje de la obra posee una vitalidad extraordinaria, con una evolución psicológica tan profunda que obliga al lector a acompañarlos incansablemente, aun sabiendo que el destino final que les aguarda no es otro que una muerte solitaria.

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Above La resistencia silenciosa se convirtió en el tema central de la sublime obra.

No fue casualidad que Fallada asegurara a su familia haber concebido una obra verdaderamente inmortal. A lo largo de la narración, la técnica narrativa y el agudo contraste entre la psicología y las acciones de los personajes rozan la más absoluta perfección. Esta maestría permite que la historia, a pesar de su ritmo deliberadamente pausado y la escasez de grandes eventos, resulte del todo cautivadora. El conflicto central es el juego del gato y el ratón entre Otto Quangel y el inspector Escherich, un duelo que evoca indiscutiblemente la dinámica entre Jean Valjean y Javert en “Los miserables”. Escherich nos es presentado como un burócrata obsesionado únicamente con resolver el caso, dispuesto a ignorar cualquier ética y a falsificar pruebas. Sin embargo, este mismo inspector tiembla de pánico y siente una profunda repulsión ante las humillaciones de sus mandos superiores. A diferencia del inquebrantable inspector de Victor Hugo, Escherich no es un fanático del deber que confunde la ley con la verdadera justicia. Representa, más bien, un engranaje del terror institucional y, simultáneamente, una víctima más de la tiranía. La incesante persecución para incriminar a personas inocentes, guiada por la paranoia de sus jefes, termina por desgastarlo psicológicamente. Interrogar a su némesis, Otto Quangel, le impide seguir engañándose a sí mismo. Aquel sencillo capataz demostró la audacia de pronunciar la verdad, el mayor de los crímenes bajo aquel régimen de terror. Finalmente, Escherich busca su propio final, tal y como hizo Javert, aunque no por remordimiento, sino por resultar demasiado cobarde para mantener la misma dignidad de quien acaba de capturar.

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Above Edición original de la célebre novela sobre la resistencia antinazi en Alemania.

Implacable y cruda, la novela abunda en situaciones en las que la vida humana es brutalmente arrebatada. Únicamente Escherich tiene la potestad de decidir su destino, mas carece del valor para afrontarlo. Los demás personajes se encuentran a merced de la guadaña estatal en cuanto rozan tangencialmente el caso de Otto Quangel. Pese a ello, en abierto contraste con el calculador inspector, cada víctima de la dictadura, incluido el holgazán de Enno Kluge, se aferra a la existencia y encara el cadalso con insospechada entereza. Al enfrentarse a la ejecución, revelan una nobleza espiritual que creían haber extraviado dentro de una sociedad consumida por el miedo, la hostilidad y la desconfianza extrema.

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No resulta ninguna exageración afirmar que, con Solo en Berlín, Fallada alcanzó la máxima expresión de la Nueva Objetividad (Neue Sachlichkeit), presentando descripciones crudas, minuciosas y exentas de sentimentalismo sobre los ciudadanos comunes en la Alemania nazi. Este virtuosismo contrasta profundamente con la turbulenta vida personal del propio autor. Encarcelado en dos ocasiones por malversación de fondos para costear su adicción a la morfina y al alcohol, Fallada pasó gran parte de su vida entre manicomios y centros de desintoxicación. No obstante, aquellos venenos que minaban su salud no lograron entorpecer ni un ápice su genialidad literaria. Paradójicamente, la única fuerza capaz de someter su pluma y obligarlo a claudicar fue la férrea censura del Ministerio de Instrucción Pública y Propaganda. Esto se debe a que sus vibrantes personajes parecen orgánicamente incapaces de mentir. Aunque él mismo los tildara de ficción, la verosimilitud que les infundió hace que los lectores perciban una verdad innegable. La atención al detalle convierte sus escritos en magistrales crónicas sobre ciudadanos humildes atrapados en una adversidad asfixiante. Por idéntica razón, se vio forzado a alterar su obra “El de hierro, Gustav” por imposición directa de Joseph Goebbels, padeciendo siempre el severo escrutinio del régimen.

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Above El inmenso legado literario de Hans Fallada perdura en la historia contemporánea.

La controvertida figura de Fallada y las sospechas en torno a su labor minaron parcialmente el enorme prestigio de la novela durante un tiempo. Por décadas, su influjo permaneció confinado dentro de las fronteras alemanas. Importantes académicos la devaluaron, catalogándola como un mero instrumento propagandístico de la República Democrática Alemana con el fin de borrar la literatura fascista del periodo nazi. Esta suspicacia cobró fuerza al saberse que Fallada se inspiró en los informes de la Gestapo cedidos por Johannes Robert Becher, futuro ministro de Cultura de Alemania Oriental. Debido a estos prejuicios ideológicos, la novela no gozó de reconocimiento masivo en Occidente hasta bien entrado el siglo XXI. Sin embargo, este tardío redescubrimiento internacional en nada mengua su formidable valor. La valentía moral y la legítima búsqueda de la libertad demostradas por el pueblo alemán no pudieron ser anuladas por ningún despotismo imperante. A partir de unas frágiles y anónimas postales, Hans Fallada levantó un colosal e inmortal monumento que consagra para siempre la gesta heroica y silenciosa de la humanidad frente al yugo del autoritarismo absoluto.

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