Cover La joven Christine Argillet junto a Salvador Dalí (a la izquierda); haciendo gala de su ingenio, Dalí la animaba a percibir el mundo de otra manera ofreciéndole unas gafas ópticas que hacían que todo pareciera estar al revés.

Un retrato de Dalí a través de la mirada de Christine Argillet, conservadora de la colección de arte familiar, compuesta por obras forjadas a partir de la amistad, la confianza y la experimentación compartida entre su padre y el célebre pintor.

Más allá de ser un icono inseparable del surrealismo, en los recuerdos de Christine Argillet, Salvador Dalí era un hombre fascinado por la sorpresa. “Todo lo que tocaba causaba asombro”, rememora. “Pero él siempre sabía cómo sorprenderse a sí mismo primero”. Por la mañana, Dalí solía aparecer con su emblemático bigote peinado de una forma, para luego, horas más tarde, “transformarse” con una apariencia distinta tras jugar con cera, cinta adhesiva o tinte, simplemente para ver qué novedad surgiría. A los ojos de una niña, aquella escena resultaba tan peculiar como completamente natural.

“Era un hombre sumamente ingenioso al que le encantaba idear pequeños pasatiempos, sin mucha complejidad, solo por el placer de divertirse”, comparte Argillet. Su infancia está profundamente marcada por la figura de Dalí. Él solía bromear con la pequeña, jugar con su cabello y animarla a ver el mundo desde una perspectiva diferente; como cuando le propuso a Argillet que se probara unas gafas ópticas que invertían las imágenes. Esos momentos de intimidad, tan espontáneos (y, a veces, excéntricos), forjaron sus primeras impresiones sobre Dalí, un artista que siempre consideró la creación como una parte inalienable de su vida cotidiana.

Ese mismo espíritu se transmitió a lo largo de las cinco décadas de colaboración entre Dalí y su padre, Pierre Argillet, un editor y experto en grabado que se convertiría en uno de los confidentes más cercanos del genio. La colección Argillet, que alberga casi 200 grabados al aguafuerte junto con pinturas al gouache y tapices, tomó forma en una época en la que el arte figurativo en Europa estaba en declive, ensombrecido por el arte abstracto. A pesar de su fama consagrada, Dalí se sentía cada vez más distanciado de las corrientes que dominaban la época. 

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Above Pierre Argillet solía proponerle a Dalí temáticas inspiradas en la prosa, la poesía y la mitología. La obra Head with Drawers (1967), perteneciente a la serie de ilustraciones para los Secret Poems de Guillaume Apollinaire.

Como profundo conocedor de la literatura y apasionado del dibujo y de la estampación artesanal, Pierre aportó un valor incalculable a esta colección: su tiempo, su firmeza de principios y una fe absoluta en el alma creadora humana. “Mi padre siempre valoró enormemente las técnicas del dibujo a mano y el grabado al aguafuerte”, explica Argillet. “Lo que buscaba en Dalí eran aquellos grabados realizados manualmente sobre planchas de cobre. A sus ojos, ese era el medio perfecto para exhibir la maestría de Dalí”. Durante su colaboración, a menudo surgían discrepancias entre Pierre y Dalí, a veces incluso intensas, pero siempre se fundamentaron en el respeto mutuo. Cuando Pierre rechazaba un grabado, Dalí aceptaba la decisión sin molestarse. “Él respondía: ‘Oh, entiendo que no es de su agrado. No se preocupe, crearé otra cosa para que la vea’”, relata Argillet. 

Además de ser prolíficas en número, las obras nacidas de esta colaboración ofrecen una perspectiva única del propio Dalí. La colección Argillet se describe a menudo como excepcionalmente armoniosa. Según Argillet, esta cualidad emana del ojo clínico de su padre en su papel de editor. Pierre se encargaba de sugerir temas arraigados en la prosa, la poesía y la mitología —tales como el poeta Apollinaire, el drama poético de Fausto, la mitología griega, entre otros— para luego preparar rápidamente el entorno creativo ideal antes de que Dalí desviara su atención hacia otro proyecto. “Había que ser increíblemente resolutivo”, señala Argillet. “Si mi padre no hubiera sido tan diligente, Dalí se habría enfrascado en cualquier otra aventura”. Cuando el célebre pintor concentraba toda su atención en la obra, el resultado dejaba atónito al espectador, ya que revelaba la aguda intuición de Dalí más que unos cálculos minuciosos.

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Above Dalí (a la izquierda) junto al célebre editor de arte Pierre Argillet.

 

Una sensibilidad exquisita

El grabado al aguafuerte exige una precisión absoluta por parte de quien lo practica. Las líneas corroídas en el cobre no se pueden borrar, y el artista debe trabajar la imagen a la inversa durante el proceso de grabado antes de que se plasme en el papel. Esta naturaleza inalterable de la técnica resulta fundamental para comprender la colección, puesto que las obras exponen claramente las manos y el alma de Dalí de un modo extraordinario: cada titubeo, cada trazo etéreo o arriesgado queda preservado en la superficie metálica. A diferencia de sus pinturas, minuciosamente perfeccionadas durante meses, estos grabados capturan y revelan ese flujo de inspiración fugaz que atravesaba la mente del artista en una fracción de segundo. 

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Above La obra Medusa (1963), perteneciente a la serie sobre mitología griega, para la cual Dalí utilizó un pulpo muerto que encontró en la playa, sumergiéndolo en ácido para luego presionarlo sobre la plancha de cobre.

Ese factor de espontaneidad también permite que el sentido del humor y la actitud provocadora de Dalí se manifiesten de forma nítida y verdaderamente auténtica. En los recuerdos de Argillet, el grabado de Medusa, de la mitología griega, es el epítome de este espíritu. Una mañana, Dalí halló el cadáver de un pulpo en una playa cercana a su residencia en España. Lo sumergió en ácido y lo presionó sobre una plancha de cobre, empleando la huella del cefalópodo para definir la composición del cuadro. De allí emergió la figura de tentáculos entrelazados de Medusa, seductora pero también amenazante, sosteniendo un cráneo en sus manos. “Creó una obra magistral a partir de un material que muy pocos hubieran imaginado”, comenta Argillet. 

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Haber pasado su infancia junto a su padre y a Dalí significa que la visión del mundo del célebre genio caló en ella mucho antes de que pudiera articularla con sus propias palabras. “Él concebía el mundo como una entidad unificada donde todo estaba interconectado”, afirma. Esta filosofía, que prioriza la conexión por encima de las tendencias efímeras, se convirtió en el credo vital de su familia, transmitiéndose a través de las generaciones. Más tarde, cuando Argillet asumió la responsabilidad de custodiar la colección, comprendió que el valor de esta labor iba mucho más allá de las meras obligaciones administrativas. Como escribió en una ocasión: “Puesto que este es el único tesoro que atestigua directamente los 50 años de colaboración entre Salvador Dalí y Pierre Argillet, despierta en uno tanto honor como humildad”. El archivo de la colección alberga además innumerables fotografías, documentales y objetos personales estrechamente vinculados a la vida de Dalí y de Gala, su esposa y musa eterna.

 

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Above La fascinante obra Blue Horses (1966), perteneciente a la serie Individual Etchings de Dalí.

La preservación de esta colección le exige mantener la lucidez frente a una visión simplista del artista. En el imaginario colectivo, la figura de Dalí suele asociarse a anuncios publicitarios, programas de entretenimiento en televisión y a sus extravagantes autopromociones, lo que, en ocasiones, puede haber eclipsado la enorme disciplina que siempre dedicaba a su obra creativa. Pierre llegó a preocuparse por esto, en especial cuando sus propios hijos comenzaron a percibir a Dalí más como una celebridad que como un artista. Sin embargo, Argillet no considera que haya un conflicto entre ambas facetas de su personalidad. De hecho, señala que el mismísimo Andy Warhol reconoció a Dalí como el pionero absoluto en comprender el poder que la fama puede otorgarle a un artista. Las cosas cambian radicalmente al conocerlos de cerca. Al pasar tiempo con Dalí día tras día, uno descubría a un hombre consagrado a su trabajo, madrugador empedernido, siempre inmerso en los libros y ojeando clásicos literarios en busca de nuevos enfoques para sus creaciones.

Gracias a ello, la colección Argillet entraña un vínculo emocional sumamente genuino y ocupa un lugar singular, alejado de los estereotipos convencionales de las corrientes dominantes. Si bien se han exhibido en grandes museos y prestigiosas galerías de toda Europa y Estados Unidos, las obras de la colección siempre van acompañadas del tesoro de memorias hilvanadas por la hermosa amistad y la inmensa confianza mutua entre Dalí y la familia Argillet. “Esa relación tan especial es el verdadero cimiento de esta colección tan extraordinaria”, subraya Argillet. “Ha forjado mi carrera, el viaje de mi madurez y, en definitiva, la historia familiar que atesoro profundamente”.

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Above La magistral obra Magic Circle (1968), de la serie Faust Vignettes creada por el inigualable Dalí.

Entre los meses de septiembre y noviembre del año pasado, cuando la colección se expuso en la Bruno Gallery de Singapur, Argillet estuvo presente para relatar en persona estas fascinantes anécdotas. Siempre se esfuerza para que, en cada exposición, el público tenga la oportunidad de ahondar en los significados ocultos tras cada obra. “Cada aguafuerte desvela emociones muy íntimas”, comparte, y destaca cómo, en un mismo grabado, convergen el sentido del humor, la espontaneidad y la exquisita maestría técnica de Dalí. Para los coleccionistas y los expertos, ese es exactamente el inmenso valor de la colección: a través de obras que encapsulan las pinceladas audaces e impredecibles del célebre artista, el retrato de Dalí se despoja de su aura mítica para presentarse como un ser humano, capaz de asombrarnos una y otra vez, por muchos años que pasen.


Artículo publicado originalmente en la edición de abril de 2026 de Tatler Vietnam.

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Credits

Images: THE ARGILLET COLLECTION