Aprender a vestir nos enseña a sorprendernos y a valorar las prendas que nos acompañan cada día, siendo el “áo” (camisa o prenda) un símbolo de nuestra identidad.
En 1888, durante una boda en París, la descripción de los atuendos de los invitados resultaba fascinante: la novia lucía un “peau-de-soie”, un satén de seda de gran calidad, mientras que las invitadas vestían tejidos exquisitos como género de punto, encaje y perlas. Sin embargo, como bien señala Sofi Thanhauser en su obra sobre la “historia” de las prendas, algo fundamental brillaba por su ausencia en aquellas crónicas: el nombre de la marca. Hoy día, el enfoque ha cambiado radicalmente hacia la firma, a menudo olvidando la importancia de la confección o el valor de cada “áo”.
Este detalle es solo una parte de la compleja “historia” que Thanhauser explora en su libro, analizando cómo el “áo” y el resto de nuestra vestimenta han sido mucho más que simples adornos. A través de materiales como el lino, el algodón, la seda y la lana, la autora se cuestiona: ¿qué valor reside realmente en lo que vestimos cada día?
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El poder de saber vestir con elegancia
Si buscamos un personaje que comprendiera el poder político de la moda, Thanhauser destaca al rey Luis XIV. Bajo su reinado, Francia se transformó en el centro de la elegancia europea, transformando cada “áo” y tejido en una herramienta de estado.
Luis XIV y su ministro Jean-Baptiste Colbert implementaron una estrategia visionaria, gravando las importaciones de lujo y fomentando la industria artesanal francesa. Cada “áo” real no era solo una prenda, sino una declaración de soberanía frente a competidores europeos.

Above La elegancia de cada “áo” histórico refleja el poder y la sofisticación de una época dorada.
Colbert estableció ciclos de moda que obligaban a la corte a renovar su guardarropa, creando esa necesidad de novedades que hoy vemos en las colecciones. El “áo” ya no solo marcaba el estatus, sino que definía quién tenía acceso directo al poder. La industria se volvió el “oro de Francia”, expandiendo la influencia francesa por todo el continente.
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Del oficio artesanal al nombre de etiqueta
A medida que la moda se industrializó, la conexión humana con el “áo” se fue perdiendo. Antes de la industria, las comunidades conocían el origen de cada fibra. Hoy, la producción global divide cada etapa, dejando al consumidor a menudo ajeno a la artesanía detrás de su vestimenta.

Above La destreza artesanal que da forma a cada “áo” es un legado que trasciende el tiempo.
La marca se ha convertido en el puente más eficaz para otorgar identidad a nuestras prendas. No obstante, Thanhauser nos invita a reflexionar sobre lo que perdemos cuando el nombre en la etiqueta eclipsa el conocimiento profundo sobre los materiales y la estructura de cada “áo”.
Dos mundos en la vestimenta vietnamita
Vietnam es un escenario fascinante donde coexisten mundos opuestos. En ciudades como Ciudad Ho Chi Minh, aún es posible elegir personalmente un tejido, acudir a un sastre y ver cómo se confecciona un “áo” a medida, recuperando esa conexión íntima con la materia prima.

Above La sastreria a medida en Vietnam celebra el valor de cada “áo” creado con dedicación.
Por otro lado, a poca distancia, las grandes plantas industriales producen prendas para marcas globales, un sistema automatizado que separa radicalmente al diseñador, al operario y al consumidor. Este contraste subraya la compleja realidad de la industria, donde la producción masiva de cada “áo” desafía los valores artesanales que definieron la historia del vestir.
Al final, Thanhauser nos recuerda que antes de ser “moda”, el vestir es una proeza material. Valorar nuestro “áo” diario es, en esencia, recuperar la asombrosa historia que llevamos sobre nuestra propia piel.
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