Puntuaciones de sueño, suplementos, rutinas y retiros: ¿en qué momento el “self-care” se convirtió en una segunda ocupación?
¿Acaso el “self-care” ha dejado de tratar sobre sentirse mejor para centrarse en demostrar que nos esforzamos lo suficiente? El bienestar hoy en día puede parecer una disciplina incesante: la puntuación de sueño correcta, los suplementos adecuados, la rutina perfecta y el retiro ideal para recuperarse de todo ello. Incluso estamos pagando por obtener permiso para leer, descansar y desconectar.
En este Día Internacional del Autocuidado, que se celebra el 24 de julio, planteamos una pregunta más incómoda: ¿hemos olvidado cómo reconocer cuándo es suficiente?
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Los orígenes del “self-care”
La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el “self-care” de forma amplia como la capacidad de las personas, las familias y las comunidades para promover y mantener su salud, prevenir enfermedades y afrontar dolencias, con o sin el apoyo de un profesional sanitario.
Bajo este enfoque de salud pública, el “self-care” significa participar activamente en la salud, no perseguir la perfección del estilo de vida. Su alcance incluye la promoción de la salud, la prevención de enfermedades y el reconocimiento de cuándo se requiere atención profesional. La OMS también aclara que este cuidado debe operar dentro de un sistema sanitario seguro en lugar de aislar a las personas de la atención médica.
A medida que el bienestar se convirtió en una vasta industria de consumo, el “self-care” adquirió un tinte más comercial. Según el Global Wellness Institute, la economía global del bienestar duplicó su tamaño entre 2013 y 2024. Con el crecimiento del sector, aumentaron las áreas en las que se invitó a los consumidores a intervenir: sueño, estrés, alimentación, ejercicio, apariencia, envejecimiento, recuperación y bienestar mental.
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Cómo el “self-care” de consumo se convirtió en una labor

Above El “self-care” moderno incluye sistemas que generan datos. Cuanta más información se obtiene, más se asemeja el monitoreo a una jornada laboral (Foto: Getty Images)
Una forma de entender este cambio es que el mercado de bienestar anterior vendía productos y experiencias. La nueva fase construye sobre esas ofertas vendiendo sistemas que recopilan, interpretan y responden a datos personales. Esto transforma al “self-care” en una tarea de gestión constante.
A medida que se generan más datos, el “self-care” empieza a parecerse al trabajo: verificar la información, decidir si es importante, determinar su precisión, modificar conductas y monitorear resultados. Es un ciclo sin fin que requiere tiempo y energía.
Los investigadores médicos usan el término “carga del tratamiento” para describir el trabajo necesario para gestionar una enfermedad. Aunque el bienestar comercial no es lo mismo que gestionar una patología crónica, el concepto plantea una duda vital: ¿qué sucede cuando la carga laboral de cuidar nuestra salud supera nuestra capacidad?
El “self-care” como respuesta individual a problemas colectivos
El “self-care” de consumo se ha expandido en medio de brechas persistentes en el sistema sanitario y presiones laborales. El mercado del bienestar ofrece acción donde las instituciones a menudo ofrecen ambigüedad, lo que conlleva el riesgo de que problemas sociales se traduzcan en fracasos de gestión personal.
Rina Raphael, autora del libro The Gospel of Wellness, describe la paradoja central: “Nos hemos convertido en una nación volcada al ‘self-care’, aunque posiblemente una que carece de los fundamentos básicos del bienestar”.
La fusión de la cultura de la productividad y el “self-care”

Above A medida que se difuminan las líneas entre productividad y “self-care”, actividades como el yoga exigen ahora un resultado tangible (Foto: Getty Images)
El “self-care” no se volvió una labor solo por el crecimiento de la industria; también absorbió las asunciones de la cultura de la productividad. Todo comenzó a exigir un retorno: dormir para rendir, meditar para enfocarse, hacer ejercicio para liderar mejor. La actividad rara vez se permite ser suficiente por sí misma.
Oliver Burkeman, autor que examina la productividad y las limitaciones del tiempo, sostiene que las actitudes modernas hacen difícil no “valorar cada momento principalmente por su utilidad para algún objetivo futuro”.
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La salud como obligación moral
Una vez que la salud se volvió medible, casi cualquier comportamiento generó un resultado: un número de pasos, una puntuación de sueño o una estimación de edad biológica. Los problemas surgen cuando una métrica deja de ser descriptiva y se convierte en un juicio de valor.
Carl Cederström y André Spicer advirtieron sobre el “síndrome del bienestar”. En su libro The Wellness Syndrome, argumentaron que la salud y la felicidad se estaban convirtiendo en obligaciones morales. Sentirse bien significaba ser “bueno”, mientras que la infelicidad se interpretaba como un fracaso de disciplina.
Esta moralización es visible en términos como alimentación “limpia” o “ganarse” el descanso. La implicación es que una persona nunca está terminada, porque siempre existe una versión mejor de sí misma, lo que genera una culpa innecesaria por no cumplir con la optimización diaria.
¿Nos ha hecho el “self-care” más narcisistas o ansiosos?

Above El monitoreo constante puede estar desplazando a la comunidad y a la aceptación de los límites humanos naturales (Foto: Getty Images)
Esto plantea preguntas provocadoras: en nuestra preocupación por nuestra mejora, ¿qué sucede con la comunidad y la aceptación de los límites ordinarios? ¿Es llevar dos dispositivos inteligentes un monitoreo inteligente o un control compulsivo?
Una revisión publicada en BMC Nursing en 2026 examinó el uso de dispositivos portátiles en pacientes, identificando casos de ansiedad por la salud y dependencia tecnológica. Si bien no establece una causalidad absoluta, subraya el riesgo de que la información empiece a dirigir a la persona en lugar de servirle.
Esto no significa que el “self-care” carezca de valor. Cuando es útil, mejora la función y apoya la recuperación; se vuelve egocéntrico solo cuando el individuo es la única causa y el único fin de la gestión, tratando cada momento de baja energía como un error a corregir.
Los seres humanos hemos perdido la sabiduría de descansar y relajarnos genuinamente
Como observó el maestro Zen Thich Nhat Hanh en una entrevista de 2010 con The Huffington Post: “Los seres humanos hemos perdido la sabiduría de descansar y relajarnos genuinamente”.
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La reacción contra la sobre-optimización
Tras años de medir cada aspecto de la vida, surge una tendencia contraria: la gente busca experiencias que exijan menos. El informe The Future of Wellness: 2026 Trends del Global Wellness Summit describe una “reacción contra la sobre-optimización”.
Los retiros de lectura, el turismo de sueño y el interés renovado por pasatiempos desconectados reflejan un deseo de apartarse de la medición constante. La ironía radica en que incluso nuestra huida de la optimización está siendo optimizada: pagamos por actos simples —leer, dormir, desconectar— presentados como experiencias de lujo.
La verdadera medida del “self-care” no debería ser qué tan estrictamente nos controlamos, sino qué hace posible ese cuidado. Debería restaurar la capacidad de apoyar relaciones y cuestionar las condiciones que hicieron necesaria esa recuperación. Al final, el “self-care” debería regalarnos más vida, no más trabajo.





