El musical de Broadway “Charlie y la fábrica de chocolate”, que debutará en Hong Kong este mes de noviembre, promete la magia de Las Vegas, tecnología artística de vanguardia y una música cautivadora.
Las majestuosas puertas de la misteriosa fábrica de Willy Wonka se abrirán en el Gran Teatro del Centro Cultural de Hong Kong este mes de noviembre. La llegada del musical de Broadway Charlie y la fábrica de chocolate se suma a la excepcional programación de producciones teatrales que visitarán la región este año: Matilda se presenta actualmente en Shenzhen; mientras que Jesucristo Superstar de Andrew Lloyd Webber y Cats subirán a los escenarios de Hong Kong durante la temporada estival.
Charlie y la fábrica de chocolate, adaptación de la célebre novela publicada en 1964 por el autor británico Roald Dahl, es una conmovedora historia sobre las aventuras de un niño en la mágica fábrica de un maestro chocolatero y su profunda búsqueda del verdadero significado de la familia y la amistad. Producida por Broadway International, esta majestuosa versión incluye emblemáticas canciones de la adaptación cinematográfica de 1971, como “The Candy Man” y “Pure Imagination”, engalanadas con las sublimes composiciones de Marc Shaiman y Scott Wittman. Desde su debut en China continental a finales de 2025, la obra ha emprendido una exitosa gira asiática con aclamadas paradas en Manila, Pekín, Shenzhen y Singapur. El fastuoso espectáculo en Hong Kong, que se estrenará el 4 de noviembre, llega de la mano de la misma y prestigiosa compañía que presentó Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music) en el Xiqu Centre en 2024.
Para Simone Genatt, fundadora y presidenta de Broadway International Group y productora principal del espectáculo, traer esta magna producción a la ciudad en este momento preciso no es ninguna coincidencia. Tras el apoteósico éxito de Sonrisas y lágrimas, que agotó todas las localidades durante ocho semanas —un hito que Genatt describe como “volver a encender las luces” de los teatros locales—, fue testigo de un rotundo “ascenso y renacimiento” en el voraz apetito cultural de Hong Kong.
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Above Un deslumbrante adelanto de “Charlie y la fábrica de chocolate” en The Peninsula Hong Kong, el distinguido socio de hospitalidad del musical, en mayo de 2026 (Foto: cortesía de Broadway Asia)
“Buscaba una obra maestra que lograra conmover profundamente a todas las generaciones”, confiesa Genatt durante una elocuente entrevista concedida a Tatler en The Peninsula Hong Kong, el emblemático hotel asociado al musical. “El compromiso de la ciudad con las artes resulta indiscutible en la proliferación de espacios de primerísimo nivel como el Distrito Cultural de West Kowloon y el Centro Cultural de East Kowloon”. En su experta opinión, el público hongkonés profesa un profundo y singular amor por Broadway, lo que convierte a la metrópolis en el lienzo perfecto para narrar una historia sobre “cómo alcanzar lo imposible”.
Aunque un gran público ya está familiarizado con la célebre novela fantástica de Dahl o con sus diversas adaptaciones a la gran pantalla, Genatt sostiene con absoluta firmeza que esta exquisita producción representa su versión definitiva. Respaldados por un deslumbrante equipo creativo compuesto por galardonados con los premios Tony y Emmy, los productores se acercaron a Warner Brothers con la ambiciosa misión de elevar los enigmáticos elementos de la obra a una nueva y deslumbrante dimensión.
“Warner Brothers y Jack O’Brien, quien dirigió magistralmente la renovada producción en Broadway de Charlie y la fábrica de chocolate en 2017, nos confirmaron que esta es, con creces, la mejor puesta en escena a nivel mundial”, revela Genatt con indisimulado orgullo. “La nuestra supera tanto al célebre West End londinense como a Broadway”. La prestigiosa productora detalla que los afortunados espectadores disfrutarán de sorpresas cada vez más extravagantes con el jubiloso hallazgo de cada billete dorado, sin tener que aguardar pacientemente a que se revele la imponente fábrica. Por su parte, Drew Cipollone, el visionario director del espectáculo, añade que la narrativa de esta soberbia versión se ha perfeccionado hasta alcanzar la máxima excelencia, ofreciendo un ritmo mucho más ágil y un esfuerzo deliberado por amplificar el asombro y la magia ya presentes desde el vibrante primer acto.
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Above “Charlie y la fábrica de chocolate”, un espectacular e imperdible musical de Broadway que llegará a Hong Kong en noviembre de 2026 (Foto: Instagram/@charlieglobaltour y @broadwayasia)
Con el inquebrantable propósito de difuminar por completo la frontera entre la fértil imaginación del lector y el deslumbrante escenario físico, la fastuosa producción incorpora tecnología 3D de última generación, espectaculares proyecciones cartográficas y cautivadoras ilusiones ópticas diseñadas en absoluta exclusiva por un reputado especialista en magia procedente de Las Vegas. Genatt describe la vívida experiencia como “una montaña rusa alucinante y fabulosamente entretenida” que resulta del todo inmersiva y subyugante. Desde el apoteósico e inigualable juego lumínico que corona el final del primer acto, hasta el asombroso e ingrávido ascensor de cristal —cuyo prodigioso funcionamiento el equipo creativo mantiene en un estricto y celoso secreto—, el formidable despliegue tecnológico está concienzudamente concebido, en palabras de la propia Genatt, para “hacerle saltar directamente de su asiento”.
En una era irremediablemente dominada por el consumo a través de plataformas de streaming y el imparable auge de la inteligencia artificial, los artífices de esta monumental obra creen con devoción que la pureza del teatro en vivo resulta hoy inmensamente más crítica y vital que nunca para la condición humana. “En el inigualable calor del teatro presencial, uno genera recuerdos imborrables y emociones en su estado más puro y genuino. Desde el mismo e irrepetible instante en que toma asiento, puede usted percibir esa energía eléctrica y casi tangible. Eso es, sin lugar a dudas, algo que difícilmente se llega a experimentar observando pasivamente una pantalla plana”, reflexiona Genatt con suma elocuencia. Si bien la avezada productora reconoce abiertamente que la IA podría influir notablemente en los procesos de guionización o en la milimétrica ejecución técnica de los espectáculos, insiste tenazmente en que la sagrada e irremplazable conexión “de humano a humano” sigue manteniéndose intacta. “Constituye un sacrosanto santuario donde la gente confluye, donde los absorbentes teléfonos móviles quedan por fin relegados, para así formar parte de una verdadera y vibrante comunidad unida emocionalmente en un mismo espacio y tiempo”.
Precisamente, esta misma y arrolladora magia fue la que embrujó y atrajo irreversiblemente en un primer momento al excepcional actor afincado en la ciudad de Nueva York, Daniel Plimpton, quien encarna magistralmente al excéntrico Willy Wonka, y al deslumbrante talento emergente de 11 años, Oliver Wong, en el tierno papel de Charlie Bucket, hacia el maravilloso e inabarcable mundo de los musicales. Los padres de Plimpton, aunque absolutamente ajenos a las tablas escénicas, profesaban una sincera y profunda devoción por el universo de las artes escénicas y solían llevarle asiduamente a presenciar magníficos espectáculos, hasta el glorioso instante en que el fascinado joven decidió con total firmeza: “Yo quiero dedicarme profesionalmente a esto”.

Above De izquierda a derecha: el talentoso Oliver Wong en el entrañable papel de Charlie Bucket y Daniel Plimpton como el carismático Willy Wonka en “Charlie y la fábrica de chocolate”, un prestigioso musical de Broadway que se estrenará en Hong Kong en noviembre de 2026 (Foto: cortesía de Broadway Asia)
Por su parte, la brillante trayectoria del joven Oliver se inició tiernamente en las tempranas clases de música “para madres y bebés”, para luego avanzar con insólita madurez hacia la entusiasta representación de “pequeñas y elaboradas obras teatrales” en el seno de su propio hogar a la precoz edad de seis años. Su orgulloso padre, Jonathan Wong, relata con inmensa ternura que, aunque el carismático niño probó suerte y disfrutó de deportes tradicionales como el fútbol o el béisbol, su auténtica e irreprimible vocación siempre residió en el sublime arte de la interpretación. De hecho, en una memorable ocasión, llegó a engalanarse elaboradamente como el temible Rey de los Ratones del ballet El Cascanueces para danzar grácilmente frente al televisor familiar, y tiempo después participó con brillantez en una aplaudida y exitosa producción regional de El Rey León en Filadelfia, encarnando majestuosamente al joven Simba.
El precoz y sobresaliente actor, actual residente en Nueva Jersey, descubrió la ansiada convocatoria de audiciones para formar parte del excepcional elenco de Charlie y la fábrica de chocolate a través de las influyentes redes sociales. Impulsado por una incansable pasión, tomó la audaz e irrevocable decisión de enviar un impecable vídeo de prueba, lo que le valió el rotundo triunfo de volar directamente hacia la ciudad de Nueva York para enfrentarse victoriosamente a las exigentes rondas finales. En la actualidad, el incombustible Oliver logra equilibrar, con un admirable temple impropio de su edad, una rigurosa rutina de educación en el hogar y cuatro intensas y productivas horas diarias de tutoría, con los implacables, extenuantes pero sumamente gratificantes rigores que inevitablemente conlleva una extensa y aclamada gira mundial.
Para ambos virtuosos intérpretes, Charlie y la fábrica de chocolate representa la indudable y esplendorosa materialización de un auténtico sueño en la cúspide de sus carreras profesionales. Y este aserto no se debe única ni exclusivamente a lo maravillosamente fantasioso de la trama que representan sobre el escenario; radica, muy especialmente, en el profundo e inquebrantable mensaje humano que subyace en cada acto, y en la innegable, palpable y universal relevancia que sigue manteniendo con asombroso vigor para cualquier espectador, incluso tantísimo tiempo después de la pretérita época en la que el genial Dahl escribiera su inmortal relato. “He aprendido valiosamente que siempre resulta ser un inmejorable momento para desatar y canalizar tu propia creatividad e invocar ese asombro puramente infantil, y que tener la bendita oportunidad de compartir toda esa arrolladora energía con el entregado público es, sin género de dudas, un regalo de un valor incalculable e infinito”, confiesa Plimpton con genuina emoción y humildad. Para el prometedor e inspirador joven Wong, el eje absolutamente central de esta magna obra gira invariablemente en torno al sublime descubrimiento de la propia e inagotable fuerza interior. “Bajo ningún concepto hay que juzgar precipitadamente un libro por su simple portada. Es indiscutiblemente cierto que el bueno de Charlie apenas posee bienes de naturaleza material, pero tamaña circunstancia no significa, ni por asomo, que sea incapaz de lograr proezas extraordinarias. En su interior, posee una fortaleza y una resiliencia verdaderamente encomiables. Además, se muestra continua y profundamente agradecido por lo poco que ostenta y disfruta. Por ello, en el mágico momento en el que se le presenta la increíble, única e irrepetible oportunidad de visitar la colosal fábrica, todo su ser se ilumina por completo, desbordando de una pura, inmaculada e inquebrantable esperanza e ilusión”, reflexiona el joven talento con una sabiduría que asombra y cautiva.
Al ser consultados directamente sobre si los incondicionales espectadores podrían llegar a deleitarse y disfrutar, en un futuro cercano o lejano, de una anhelada adaptación teatral de la aclamada secuela de la obra maestra, Charlie y el gran ascensor de cristal, el talentoso equipo directivo mantiene una actitud prudentemente reservada pero innegablemente esperanzada. “Nunca digas nunca jamás”, advierte el visionario Cipollone con cierta picardía y misterio. “A fin de cuentas, nos encontramos ante un libro prodigioso, ante el insuperable arte de la narración de historias atemporales, y, bien es sabido, uno jamás puede prever ni aventurar lo asombroso que depara el futuro”.
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